lunes, 1 de mayo de 2017

HAMID AL-SALAWBINI. "Retorno a la Madina de los dos mares".

AIRES DE FURIA Y MELANCOLÍA. CATARSIS EN LA CIUDAD DE LOS BULLICIOS Y LA ALAGADA SOMBRA DE LOS BANU NASR.

Siempre por encima de nuestras cabezas y bajo su atenta y constante vigilancia, se extendía majestuoso y prepotente el alcázar-alcazaba de los Banu Nasr, estirpe de los ancestrales alhamares, linaje bañado (salvo casos contados) por el parricidio, el incesto y la más soberbia degeneración. Se diría, rememorando la biografía y andanzas de los hasta la fecha veinticuatro Sultanes, que un soplo perverso de furia o de melancolía (según el caso) azotó esta Casa del emblema carmesí desde el principio de su existencia.
Vientos de furia, por otro lado, que asolan incesantemente en estos tiempos en los que se adivina el fin de nuestro mundo (y quién sabe si de nuestra existencia), más por implosión que por destrucción externa si siguen las luchas fratricidas entre nuestros gobernantes.

Es así que emulando un fastuoso cernícalo con sus alas desplegadas, la fortaleza y residencia real se exhibe sobre todo y sobre todos recordando su magnificencia, poder y protección, coronando de este modo la puerta de entrada marítima al reino que es nuestro ancestral puerto, el más cercano a la capital. Un peso abrumador que siempre me incomodó. Esa insoportable sensación de sentirse constantemente observado y controlado, de igual modo que me sucedió en mi estancia en Gharnata, donde al-Hamra lo domina y controla todo gracias a ese poder visual imponente de su estructura y arquitectura demoledora.

Si bien mi estancia en Gharnata fue fructífera, los primeros años fueron realmente terribles, acostumbrado como estaba a esos catárticos periodos de recogimiento y soledad que de forma tan sibilina me indujeron Sahib e Ibrahim en Salawbinya.
Acostumbrado como estaba a escoger y decidir el momento, lugar y duración de esas conversaciones y reflexiones conmigo mismo, me sentía angustiado en esa gran ciudad cuyas calles, plazas y ríos siempre estaban llenos de gente por todos lados que no paraban de ir de un lado a otro, ajetreados, sin mirar más allá de donde van a pisar sus pies, sin atender a nada ni a nadie, arrastrando hacia ese su abismo vital a niños y acémilas.

Pero sobre todo era la incesante y opresora sensación de constante vigilancia que ejercía la ciudad palatina de al-Hamra. Desde que amanecía en mi rabad al-Ajsarïs y allá donde iba, sentía esa sensación constante en la nuca. Me sentía preso, aunque con el tiempo logré sobrellevarlo.


Y es que, por otro lado, nunca entendí esas manifestaciones de poder y ostentación, especialmente por parte de los que se hacían llamar "Piadosos Príncipes de los Creyentes". Con el tiempo aprendí a desafiar a la gigantesca mole rojiza parándome a sus pies, mirándola fijamente y rememorando las palabras del célebre asceta al-Qunchi:

"Todos los momentos son fugaces, efímeros. Por desgracia no existe en nuestro tiempo ni un solo monarca que merezca considerarse Príncipe de los Creyentes.

Por muy maravillosas y bellas que sean sus edificaciones, el sultán se empeña en estampar su nombre y el de su familia por todas partes: arriba, abajo, a derecha, a izquierda, al norte, al sur. Es tedioso, molesto, atenta contra la pureza de espíritu, entorpece la contemplación. Quien libera el sentimiento, su poesía, en su largo camino hacia la luz, purifica su ser, lo pule, y es posible que se eleve hasta el saber. Mas quien graba poemas en las paredes de los reyes no busca más que la fama en este mundo, sea para él, para su señor, o para ambos a la vez". (1)


Volviendo a mi añorada Salawbinya, dicha desazón desaparecía en esas noches en las que, arropados por el desorden lunar, mi querido e inseparable Ruyyi y yo, unas veces recostados en la orilla de la playa del extremo occidental de la ensenada y lejos del área portuaria; otras encovachados en el islote de las muñecas, desafiábamos al símbolo de autoridad y de poder regio y le hablábamos a las estrellas, sobre cosas mundanas y terrenales las más de las veces, aunque también sobre aspectos más existenciales y espirituales que tan poco le gustaban a Ruyyi, pues decía que eso era pensar demasiado y que no había peor tortura que pensar.

¿Pero, no es pensando, cuestionando y analizando lo que nos lleva a comprendernos a nosotros mismos y al mundo que nos rodea? Si nos comprendemos, podemos dirigir nuestro devenir, y con él esta sociedad que nos engulle y somete constantemente. No se trata, le disertaba yo a Ruyyi, de convivir y sobrellevar las circunstancias, sino de superarlas y crear oportunidades, apostando por reforzar y fomentar esos espacios y tiempos de soberanía personal que permitan expresarnos natural y espontáneamente como Personas únicas y particulares que somos. Una soberanía personal que nos permita Crear ya que, y volviendo al amado al-Qunchi, “quien crea se une al movimiento creativo del Universo y enriquece su Ser y la Existencia”.

Que nadie camine por tí!" le gritaba siempre que podía a Ruyyi para encresparlo, a lo que me respondía repitiendo los versos de cierto sufí que el Imam Sahid no paraba de recordarnos: "No verás en el necio punto medio, sino que o bien se excede o bien se pasa".

... tan lejos los recuerdos de días felices y extraños...


(1) Fragmento extraído de Un asceta en la Corte nazarí, de José Miguel Puerta Vílchez, Editorial Universidad de Granada, 2016.

martes, 29 de noviembre de 2016

HAMID AL-SALAWBINI. "Retorno a la Madina de los dos mares".


REENCUENTRO DE VIEJAS AMISTADES Y HUIDA MAR ADENTRO.

La Madina era un laberíntico entramado de serpenteantes y empinadas callejas, estrechas y tortuosas, aunque agradablemente flanqueadas por las casas encaladas, con coloridos y fragantes mechones de jazmín, penachos de dama de noche, retama, romero y tomillo que amenizaban el tránsito y el trajín de vecinos y mulas de día, y los parsimoniosos paseos nocturnos.


En ese apacible y melancólico paseo de media tarde, Hamid se dirigió hacia otro de los rincones que marcaron su adolescencia, ese periodo en el que dejó de interesarle el corretear y saltar con Ruyyi, su compañero de aventuras, por las agrestes callejuelas de la Madina; y de pasar las horas libres que le permitía Sahid tras cumplir con los quehaceres que éste le imponía, entre las grandes rocas del tajo y los embelesamientos en el área portuaria, viendo ir y venir las barcas y embarcaciones en las últimas horas del día y observando la huída del Sol.


Fue ese periodo, la adolescencia, cuando, por subliminal influencia de Sahid, el impetuoso Hamid conoció a Ibrahim y su pequeña librería, siempre bien acompañado de su esposa Hind. Fue allí donde progresivamente Hamid acabó pasando buena parte de sus tardes libres, cuando empezó a descubrir de la mano de este parsimonioso y curioso librero lo que eran y, sobretodo, lo que representan y significan los libros, más allá del mero concepto material. Fue allí donde conoció diversas y diferentes formas de ver y entender el mundo en el que se movía y las personas que le rodeaban. Fue allí, en definitiva, donde por primera vez tuvo consciencia de sí mismo como Persona. Y en ello no poco fue lo que tuvieron que ver tanto Ibrahim como Sahid.

A medida que se aproximaba a la plaza principal, donde todas las mañanas el espacio público era invadido por una gran variedad de frutas, verduras, objetos de todo tipo y utilidad, olores, colores y gritos, notaba cómo se le aceleraba el corazón, especialmente cuando enfiló el callejón que desde una de las esquinas de la plaza descendía de forma paralela al paño de muralla.
Cuando inició el descenso en dirección al pequeño adarve donde Ibrahim tenía ese modesto rincón de cultura silente, el olor a libros y a jazmín ya le invadía los sentidos (o eso creía), le entornaba los ojos y le provocaba esa sonrisa tonta del placer añorado.


Ya en la entrada del adarve, paró unos segundos encarado hacia el pequeño espacio frente a la puerta en la que Ibrahim instalaba cada mañana una pequeña estera con libros de todo tipo y tamaño, siempre diferentes. Una vez en el umbral la visión del interior le llevó a revivir aquéllos años de ávidas lecturas recomendadas por Ibrahim y los sabrosos tés y dulces de Hind. Aparentemente todo seguía en el mismo sitio: la estera de lana que daba la bienvenida a los visitantes, las mesillas largas y estrechas de los laterales y los estantes del fondo, igualmente repletos de libros y, en la esquina de la izquierda, escorada, la pequeña mesa de madera de olivo rebosante de libros, pergaminos y candiles sobre los que asomaba la reluciente coronilla de Ibrahim.


Fueron unos instantes en los que Hamid no pudo articular palabra, embargado como estaba de esos pasajes y sensaciones pasadas tan vívidas que lo tenían como en una nebulosa del tiempo cuando asomó al interior de aquel espacio abigarrado y de poca altura. Un espacio siempre en penumbra, sólo iluminado por los múltiples candiles que dotaban al interior de ese ambiente ambarino tan sugerente a la lectura y la reflexión, perfectamente amenizado por el aroma a mirto, romero o lavanda con que aromatizaba Hind los quemadores, estratégicamente dispuestos.
Así que fue Ibrahim quien le reprochó, sin alzar la vista de la punta de su caña de escritura:
- ¿Cuándo pensabas venir, gorrión?

“Gorrión”… ese calificativo le devolvió a la realidad. ¿Cuánto tiempo hacía que no lo llamaban así?...
- ¡Ibrahim! -Notó que de golpe la garganta se le secaba-.
- Sabía que tarde o temprano acabarías pasando de nuevo por aquí – dijo Ibrahim con esa sonrisa de satisfacción en la cara mientras lo buscó con la mirada-.
- ¿Cómo…?
- ¡Siempre noté ese halo que desprendes tan particular, gorrión! –le cortó. Ayer, Hind y yo te vimos a lo lejos en la plaza, ibas como si hubieras visto una aparición en el cielo, en dirección a la mezquita. Me costó contener a Hind en su impulso de gritarte, le dije que no se preocupara, que vendrías a vernos… siempre lo supe, era cuestión de tiempo. Sólo me angustiaba que lo hicieras antes de que plantaran mi oreja derecha contra la roca. ¡Y así ha sido, pues!
- Está todo igual, Ibrahim, las mesas, los estantes…. ¡los candiles! Siegues siendo tan cuidadoso como tacaño, ¿eh? --Hamid esbozó una sonrisa mientras se le iluminaban los ojos de emoción-.
- Te equivocas, gorrión. Sólo en apariencia está todo igual que siempre. Uno cuando mira el mar ve una superficie uniforme, a veces plácida, otras, alterada. Una uniformidad que nada tiene que ver con lo que en realidad bulle bajo esa superficie, donde todo está en continuo cambio para que nada cambie, paradójicamente. Es uno de los más graves def…
- Defectos del Hombre –le cortó Hamid- el Mirar en lugar de Ver.
- ¡Exacto! ¡Jaja! Ya se lo decía yo a Sahid… “este chico es un zorro, Sahid. Un gamberro, sí, pero dale tiempo y no lo fuerces. Deja que busque su cauce libremente.”

Señalándole con la mirada la esquina frente a su mesa le matizó:
- Bueno, en realidad sólo esa esquina está inmutable desde que te fuiste.

Hamid miró hacia donde le indicaba Ibrahim y constató que ahí seguía su “cueva”, como denominaba el viejo librero al espacio donde Hamid pasaba las horas y las tardes, con su estera, sus grandes y mullidos almohadones, su Miqra´a (atril) de madera de pino y, en él, abierto casi por la mitad, “su libro”.
- Pero…. ¿cómo…?... ¿Todavía lo conservas?
- ¡Pues claro! ¿Cuántas veces te he dicho que los libros son nuestros pilares como personas? Especialmente algunos, como éste lo fue para ti. Además, qué te crees, yo todavía lo sigo leyendo y consultando.

Se trataba del “Lenguaje de los pájaros”, una de las obras cumbre del sufismo persa, redactada por el maestro Farid Uddin Fattar en el siglo XII como alegoría del viaje espiritual del  Alma en busca de su unión con la Divinidad.

Uno de los muchos libros de cabecera de Ibrahim, cuando se percató de que llamaba la atención del joven Hamid, comenzó a dejarlo, “descuidadamente”, a su alcance, hasta que finalmente acabó siendo devorado por las curiosas pupilas de aquel “gorrión inquieto y preguntón”. Ése fue el punto de partida de Hamid en la senda de la Vía y que le cambiaría su visión y percepción del mundo y de las personas, así como el modo en que interactuaba con ellos y consigo mismo. Luego vendrían muchos más, si bien siempre regresaba a ese Lenguaje de los pájaros.

En ese momento, el alarido de alegría de Hind cortó de raíz la caricia venerable que Hamid realizaba sobre una de sus páginas y la orgullosa sonrisa del librero. Hind, aturullada y sin parar de agitar los brazos, bajaba los estrechos y vertiginosos escalones, rebotando con sus hombros en una y otra pared alternativamente mientras no parar de repetir su nombre. A Hamid le dio el tiempo justo a levantarse antes de que ella se abalanzara sobre él y lo apretujara en un fuerte y sentido abrazo.

Ya liberado, y mientras ella lo tenía fuertemente cogido por los codos, consiguió besar a Hind en esas mejillas regordetas y siempre fresquitas que de nuevo le devolvieron al pasado.
- Justo ahora acabo de hacer té mentolado con tomillo y de preparar unos pastelillos de pistacho y miel para el viejo aburrido este, que hace más compañía a los libros que a su propia mujer. ¡Siéntate, siéntate y me cuentas!
- No, Hind, no puedo quedarme. He pasado a saludaros porque he quedado con Ruyyi en los embarcaderos, y no quería dejar de pasar por aquí antes. Pero te prometo que en los próximos días vuelvo y hablamos con toda tranquilidad.
- ¿Pero has vuelto para quedarte o estás de pasada, Hamid? –le preguntó el librero-.
- Bueno, aún no lo sé. No me gusta cómo están las cosas, y he visto y vivido cosas en Gharnata que no me gustaron ni presagian nada bueno. Pero ya lo hablaremos. Como te digo, prometo volver con el tiempo y la atención que os merecéis.
- De acuerdo, no te preocupes, nosotros no nos vamos a mover de aquí, como bien puedes suponer –bromeó.
- Bueno, eso espero –dijo Hamid bajando la vista pensativo y preocupado.
- Ve, Hamid, ve, y ya me explicarás qué es lo que tiene saturada a esa mente tuya.

Ese momento de preocupación y mal agüero no pudo presenciarlo Hind, que desoyendo a Hamid subió veloz al piso de arriba en busca de esos pastelillos y del humeante te mentolado con “pellizcos” de tomillo, como le gustaba decir a ella.

Tal y como hicieran miles de veces Hamid y su amigo de infancia Ruyyi, se embarcaron ese atardecer otoñal rumbo al islote que llamaban de las muñequitas, por las curiosas figuritas femeninas de barro que en ellas se encontraban aquéllos que esporádicamente lo visitaban. Se trata de una mole caliza y de aspecto quebradizo que se encontraba unos metros mar adentro respecto a la Madina.

La tarde anterior Hamid, sin ser consciente del ansia que le embargaba, se dirigió con paso ligero hacia la ensenada donde los modestos pescadores lugareños varaban sus pequeñas y tan socorridas embarcaciones, cerca de la concurrida área portuaria. Allí, como deseaba, encontró, en la misma modesta y adecentada barraca que recordaba, a su querido amigo Ruyyi, compañero de aventuras y gamberradas de infancia.

Ruyyi era hijo de un comerciante catalán que, en uno de los múltiples viajes que realizó entre Palamós y al-Munakkab, decidió que ya estaba harto de aguantar las bravuconadas y abusos del dueño de la Compañía comercial a la que pertenecía para "hacerse el loco", como le gustaba decir a él, y no embarcarse en el viaje de vuelta. Mientras veía alejarse a sus compañeros, pensó en probar suerte en la vecina Salawbinya, donde los "cara de frío", como denominaba a los omnipresentes comerciantes genoveses, no se habían afincado todavía.
No le salió bien la jugada y tuvo que ganarse la vida como pescador de modesta (aunque resultona) embarcación, haciéndose cargo de su único hijo tras la muerte de su esposa Farida. Le pusieron por nombre Roger, en recuerdo de su abuelo, un chico espigado e inquieto como las lagartijas, de ojos vivarachos y el "pelo de fuego", conocido por sus vecinos, desde que empezó a corretear, como Ruyyi.

Tras la correspondiente alegría y algarabía después de largos años sin verse y la pertinente puesta al día, acordaron para el atardecer siguiente embarcarse rumbo al islote de las muñequitas y, amparados en la calma del oleaje que de manera tozuda arremetía contra el imponente peñón, conversar sobre sus vidas, actuales y pasadas. Así era como en aquellos lejanos años de adolescencia conseguían, recíprocamente, mantenerse decentemente en esa sociedad y ese mundo en conflicto permanente que les tocó vivir... y que aún seguía presente.

Allí, sentados en uno de los recovecos rocosos protegidos del suave y fresco levante que aquel atardecer empezaba a alborotar ese ancestral y vinoso mar, con las piernas cruzadas y la barbilla alzada hacia donde huía el sol, se tomaron inconsciente y tácitamente unos minutos de reflexión espontánea, embelesados por el influjo del momento. Fue entonces cuando a Hamid le vinieron a la memoria los versos que recogió el poeta al-Yawsi:

Busco refugio en Dios de unos hombres

que, sin serlo, se las dan de sabios.
Se encorvan y prosternan con hipocresía;
guárdate de ellos, que son trampas.


Esto último, para sorpresa de Ruyyi, lo dijo en voz alta, sin ser consciente de ello, como recordándoselo a modo de letanía.
- ¿Qué dices Hamid?
- Nada, Ruyyi, nada... es sólo que a veces dan ganas de nadar mar adentro y no querer salir...

(Foto: Joan de Figueroa)



sábado, 12 de noviembre de 2016

De la caverna al chalé.

Como ya sabéis, el pasado día 9 de noviembre participamos en las III Jornadas de Arqueología e Historia de la Costa Tropical, que desde hace unos años vienen celebrándose en la localidad de Almuñécar. Fue una grata satisfacción que los organizadores (Concejalía de Cultura y Educación del Ayto. de Almuñécar, SKS Arqueología y Patrimonio y la Mancomunidad de la Costa Tropical) se acordaran de nosotros para formar parte del cartel junto a otros compañeros arqueólogos e historiadores.

Y lo hicimos con la representación de nuestro compañero José María, quien realizó una ponencia mediante la cual desarrolló una somera visión geoarqueológica de la región del Bajo Guadalfeo desde la Prehistoria hasta la Edad Moderna, haciendo hincapié en la incidencia que las diferentes comunidades humanas han hecho sobre el entorno en el que se asentaron y en qué grado han contribuido a transformarlo.

Para la ocasión, y como viene siendo habitual en nuestras participaciones en este tipo de eventos, hemos contado con la crónica de Sara Flores Aneas, una joven periodista salobreñera espontanea, fresca, incisiva y directa en sus escritos, los cuales podéis leer de manera habitual en Motril Digital. A ello añadir la aportación fotográfica de Guillermina García-Consuegra Flores, quien se encargó del reportaje gráfico. Así, pues, agradecer a ambas su participación.
Y para finalizar, y como igualmente referimos en la ponencia, nuestro blog queda abierto a todo aquél y aquélla que quiera colaborar con sus trabajos, imágenes, fotografías, opiniones, sugerencias, etc. Para ello podéis contactarnos en patrimoniobajoguadalfeo@gmail.com



De la caverna al chalé.

Mientras medio mundo se acojonaba ante la elección del paleolítico Donald Trump  como nuevo presidente de Estados Unidos, Almuñécar se sumía placenteramente en este periodo histórico (cuyas características homínidas bien podían bosquejar un perfil Trumperiano), así como en las sucesivas etapas de la historia en las III Jornadas de Arqueología e Historia de la Costa Tropical que se han llevado a cabo los días 8, 9 y 10 de Noviembre. 


Estas jornadas contaron con la colaboración del arqueólogo José María García-Consuegra Flores, que intervino como representante de Patrimonio Bajo Guadalfeo y como miembro del grupo de investigación local S.E.L. (Salobreña Estudios Locales), ofreciendo una charla recogida bajo el título “La incidencia humana en el paisaje costero de la desembocadura del río Guadalfeo”.

Una visión “un tanto somera para un periodo muy extenso”, apuntaba el propio arqueólogo, dada la acotación temporal de estas intervenciones pero que sin duda ofreció una visión panorámica muy completa y sugerente sobre la ocupación y trasformación de este territorio por parte de las diferentes comunidades humanas que en él se han asentado a lo largo de los siglos, de cómo hemos evolucionado de la caverna al chalé, así grosso modo.


La evolución de la línea costera debido al proceso de colmatación, éste fue el punto de partida de esta charla en la que los asistentes pudieron observar, mediante la proyección de imágenes, cómo lo que en un principio era una espléndida bahía, fue transformándose en el delta que es hoy.



El paleolítico (sin noticias de Dios)”, de esta forma tituló José María uno de los apartados de su intervención, debido a que “las evidencias  arqueológicas y materiales con las que contamos son bastante escasas”, aseguró el arqueólogo. A pesar de ello los investigadores no descartan la presencia humana en la zona durante este periodo por sus condiciones geofísicas. “El hombre sería paleolítico pero no era tonto y esta zona ofrecía muchas posibilidades de obtención de recursos como, por ejemplo, áreas de marisqueo en el entorno del promontorio de Salobreña”, afirmaba el ponente.


José María no quiso dejar pasar la oportunidad para aclarar que una de las razones por las que se tiene poco material arqueológico de este periodo no es solamente por la dificultad de identificar los materiales si no se es profesional en la materia, dado el  carácter específico y fragmentario de las mismas, o por la trasformación del paisaje debido a que la subida del nivel del mar provocada por la última glaciación inundara parte del territorio entonces ocupado, sino porque "en gran medida esta región ha suscitado poco interés en la comunidad académica", si bien hizo hincapié en que esto ya ha empezado a cambiar, y son varios los investigadores locales que poco a poco comienzan a darle un poco de luz a este periodo de la historia tan desconocido.


El Tajo de los Vados, la Cueva del Capitán, La Cueva de las Campanas o  La Sima de los Intentos son algunas de las zonas donde se han podido hallar restos de asentamientos pertenecientes al periodo Neolítico “al ser ésta una etapa en la que los humanos comenzaron a sedentarizarse, incidiendo en el paisaje e iniciando de este modo su transformación”, el arqueólogo añadió que algunos de los materiales hallados en el promontorio de Salobreña (y que se encuentran en el museo de la localidad) que tradicionalmente se han atribuido a este periodo, “están descontextualizados, pudiendo adscribirse al periodo de la Edad del Cobre más que con el Neolítico”.

Muy a su pesar, y acompasando su charla al devenir del minutero, José María tuvo que pasar de puntillas por algunas de las etapas históricas en las que, por su expresión, le habría gustado detenerse con mayor profundidad, como la Edad del Cobre, en la que subrayó que el poblamiento pasa de ser disperso a ser empezar a concentrarse en determinados asentamientos; o la Edad del Bronce en la que apuntó al Monte Hacho y al Promontorio de Salobreña como los asentamientos capitales de la región “concretamente en el promontorio, como queda demostrado claramente por el material que se pudo recuperar y documentar en la ladera oeste, la cual sirvió de escombrera en las obras de restauración del castillo en los 60, así como restos constructivos de gran porte documentados en las recientes excavaciones realizadas en el mismo castillo, esta vez sí, con metodología y rigor arqueológico”.
  
La Edad del Hierro fue otra de las etapas en la que introdujo a los asistentes José María, “momento álgido de la colonia fenicia de Sks-Sex, actual Almuñécar”, continuaba el conferenciante sin dejar de lado la relevancia del promontorio de Salobreña en este periodo, dada su localización dentro del territorio del bajo Guadalfeo, ni tampoco al Monte Hacho, ambas áreas con “una clara potencialidad arqueológica y estrechamente vinculados uno y otro”, una interrelación e interacción que los investigadores aún no han podido esclarecer.

La constatación de un posible templo de época fenicio-púnica en el Peñón, con funciones protectoras para marineros y comerciantes, o una posible área de embarcadero en la zona del Portichuelo (curioso topónimo, ¿no?), un área de necrópolis con urnas cinerarias en la zona de las actuales calles Carmen y Cristo de la localidad de Salobreña, fueron otros de los aspectos mencionados por el arqueólogo respecto al oppidum íbero que ocupó el promontorio salobreñero en este periodo histórico.


Pasamos al periodo romano con el  pesar de dejar una época atrás de la que aún quedaba mucho por escuchar en el caso de los asistentes, y mucho por decir en el caso del conferenciante, pero con la apetencia de lo que de esta nueva etapa histórica tenía que contarnos. Un periodo en el que ya se constata un territorio completamente articulado y cuyos recursos son explotados de manera sistematizada con la presencia de villas caracterizadas por su sencillez estructural y por una marcada funcionalidad agropecuaria, que distaban considerablemente de las lujosas villas documentadas en la vecina Almuñécar, principal núcleo de población y única ciudad de la costa granadina. 

A ellas, añadir la existencia de alfares (figlinae) en la zona (rica en arcilla y recursos hídricos), fondeaderos, modestas factorías de salazón (ceatariae) y las diversas explotaciones mineras de las sierras vecinas. Todo ello no hace más que reflejar la importante e intensa actividad comercial en la zona en época imperial, encarada de un lado a dar salida a los productos del interior (principalmente aceite y vino) a través de los diversos fondeaderos de la región (Salobreña, Torrenueva), y a satisfacer las necesidades de las potentes factorías de salazón sexitanas. De ahí que el arqueólogo calificara la región del bajo Guadalfeo como “la trastienda del negocio sexitano”.


La Salobreña islámica hasta la llegada de los cristianos y el entorno del bajo Guadalfeo fue el último punto abarcado por este arqueólogo en su exposición. Un periodo atrayente por la cantidad de transformaciones acontecidas a todos los niveles. Fue esta Salawbinia una de las Mudun (ciudades, plural de Madina) destacadas del reino nazarí, cabecera de un territorio propio articulado a partir de una serie núcleos (alquerías) que, a su vez, contaban con una circunscripción propia con propiedades y recursos explotados y gestionados de manera autónoma y autárquica por su habitantes.


Refirió igualmente la relevancia de la presencia real para el desarrollo urbano de la ciudad y las múltiples intrigas palaciegas que tuvieron como escenario su alcázar-alcazaba; el intento fallido de reconquista por parte de Boabdil en 1490 y de cómo ello supuso el reforzamiento del control tanto de la alcazaba como de la población a manos de militares castellanos; para culminar con la repoblación del territorio por parte de nuevos pobladores cristianos debido a la gran emigración al norte de África de la población musulmana, así como el reparto de tierras y propiedades entre los principales protagonistas de la conquista.


José María finalizó su colaboración en estas III Jornadas de Arqueología e Historia de la Costa Tropical (JAHCT) agradeciendo y animando a las administraciones, tanto locales como comarcales, a invertir, promover y fomentar la investigación local y comarcal y la celebración con más asiduidad de actividades de este corte divulgativo y cultural, tan necesario para crear una sólida base en la que asiente la concienciación de la población con respecto al conocimiento, preservación y protección de su Patrimonio. Actividades, por otro lado, que nos ayudan a conocer mejor nuestro territorio, nuestra intrahistoria y, por ende, a una parte de nosotros mismos.

Selló su intervención con la proyección de una pintura que Delacroix realizó en uno de sus viajes, titulada “Frente a Salobreña y la costa de Almería”, un lienzo que sirvió de elemento retrospectivo sobre el tema principal de esta ponencia, la incidencia humana en el paisaje costero de la desembocadura del río Guadalfeo. Una incidencia humana ya remota pero con una contundente e inminente entrega a las puertas: Del chalé al hotel. Seamos optimistas. Siempre nos quedará  Delacroix.



Sara Flores Aneas.










domingo, 16 de octubre de 2016

Paisajes Culturales ¿Vestigios u Oportunidad? De nuevo sobre la Fábrica del Pilar.

Si bien un Paisaje, en general, se define por una serie de características morfológicas, estructurales y funcionales, y un Paisaje Natural encuentra en la conservación de la biodiversidad y la integridad del Ecosistema los elementos que lo caracterizan, los Paisajes Culturales centran sus elementos definitorios en la historia humana, en la continuidad de las tradiciones culturales y en los valores sociales de las diversas comunidades históricas que han ido ocupando y explotando un territorio más o menos definido y acotado a lo largo de los diversos periodos históricos.

En este sentido, un PAISAJE CULTURAL es el resultado de la interacción de las diferentes comunidades humanas con el medio natural en el que se insertan a lo largo del tiempo, dando lugar a un territorio que es percibido y valorado por sus cualidades culturales. Es, pues, producto del citado proceso e interacción Hombre-Entorno, fundamento y soporte de la identidad de una comunidad.

Con ello, el término Paisaje Cultural abarca una diversidad de manifestaciones fruto de la referida interacción entre el Hombre y el Medio Ambiente natural en el que se desenvuelve, reflejando con frecuencia técnicas específicas del uso y explotación (más o menos) sostenible de la tierra y sus recursos, tomando en consideración las características y límites del entorno natural en el que están establecidas, así como la relación espiritual específica con la Naturaleza.

En 1992 se celebró en Santa Fe (Nuevo México) la Convención de Patrimonio de la Humanidad, siendo el primer instrumento legal internacional para el reconocimiento y la protección de los Paisajes Culturales. En esa su decimosexta reunión, el citado Comité estableció una serie de pautas a seguir y tener en cuenta con respecto de la inclusión de estos Paisajes en la Lista del Patrimonio de la Humanidad, reconociendo en el Artículo 1 de dicha Convención que los Paisajes Culturales representan las "obras combinadas de la naturaleza y el hombre", en tanto que se trata de un tipo de Paisajes ilustrativos de la evolución de las sociedades históricas y a través del tiempo bajo la influencia de las restricciones físicas y/o las oportunidades que brindaba su entorno natural, junto a las sucesivas fuerzas sociales, económicas y culturales generadas, tanto internas como externas.

De igual modo, distinguieron entre tres categorías de Paisajes Culturales, a saber:
  • Paisaje claramente definido. Paisaje creado y diseñado intencionadamente por el ser humano. Se trata de paisajes ajardinados y parques construidos por razones estéticas, asociados o no a edificios religiosos y/o a monumentos.
  • Paisaje evolucionado orgánicamente. Paisaje que ha evolucionado hasta la forma actual como respuesta a la adecuación de una comunidad a su entorno. Este proceso se refleja a su vez en dos subtipos:

ü  El paisaje vestigio, aquel cuyo proceso evolutivo concluyó en el pasado pero sus rasgos característicos son todavía visibles materialmente.
ü  El paisaje vivo, el que conserva un papel social activo en la sociedad contemporánea, asociado al modo de vida tradicional y cuyo proceso de evolución sigue activo.
  • · Paisajes culturales asociativos. Paisajes en los que existen fuertes vínculos religiosos, artísticos o culturales con el medio natural, no siendo necesarias pruebas culturales materiales, las cuales pueden ser poco significativas e incluso inexistentes. Es el caso, a modo de ejemplo, del Palmeral de Elche (Alicante), inscrito en la lista del Patrimonio Mundial en el año 2000; o los regadíos de origen nazarí del Valle y Sierra de la Alpujata, en Monda (Málaga), la cual conserva una extensa red de acequias y albercas que dan sustento a numerosas huertas y varios molinos harineros de época andalusí.


En nuestra región contamos, por ahora, con un único Paisaje de Interés Cultural catalogado por el Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico de la Conserjería de Cultura de la Junta de Andalucía, se trata del Paisaje Minero de Sierra Lújar (al cual no le vendría nada mal, por otro lado, la declaración de Parque Natural). A él añadir el Paisaje Agrario del Alto Río Verde (http://www.juntadeandalucia.es/cultura/blog/registro-de-paisajes-de-interes-cultural-de-andalucia-una-seleccion-de-paisajes-para-su-conocimiento-y-valorizacion-como-patrimonio-cultural/).

Con toda seguridad, el importante Patrimonio Industrial que representan los diversos complejos fabriles azucareros que se diseminan por nuestra recoleta (a nivel patrimonial) geografía costera, cumple con las condiciones esenciales y exigibles para merecer engrosar ese listado para la provincia de Granada. Así lo corroboran la declaración de Lugar de Interés Etnológico de la Azucarera Nuestra Señora del Rosario de Salobreña, o la de Bien de Interés Cultural de la Fábrica del Pilar de Motril, los Primi Pilari de este importante bagaje industrial azucarero que hizo de esta región uno de los pocos espacios geográficos con más fábricas por metro cuadrado de Europa en el periodo de finales del siglo XIX y principios del XX, albergando un verdadero tesoro en su interior en forma de maquinaria.

Es precisamente éste último caso, futura sede del Museo Industrial del Azúcar y pretendido referente museístico y de investigación sobre el azúcar y sus procesos de elaboración, que ha sido noticia en las últimas semanas con motivo de las obras de rehabilitación de su imponente chimenea, que el otoño pasado sufrió las consecuencias de un fuerte temporal, el cual socavó su estructura con grave peligro de derrumbe.
Es en esta inercia informativa generada que, además, se ha hecho saber que dicha fábrica optará a beneficiarse de 2,2 millones de Euros procedentes de fondos europeos, los cuales han de propiciar ese impulso definitivo hacia el ansiado (suponemos) y merecido puesto de referencia patrimonial, cultural e investigador. Si es que finalmente nuestras autoridades “competentes” toman cartas en el asunto de manera decidida (en cuanto festivales y canonizaciones dejen un poco de margen de actuación).

Y es que la propuesta presentada en su día ciertamente es ambiciosa, contando con un Plan Director aprobado el pasado año 2015, en el que se contemplan varios núcleos museísticos interiores y exteriores mediante los cuales exponer y recrear el proceso de recepción y transformación de la caña, y la posterior elaboración del azúcar. A ello añadir la presencia de espacios expositivos y de documentación e investigación de material de archivo y documental. Todo aderezado con una cafetería-restaurante temática en torno al azúcar y sus usos y bondades gastronómicas.

Todo un reto que, de conseguirse, verdaderamente supondrá un excelente complemento museístico al también motrileño Museo Preindustrial de la Caña y a la oferta cultural y turística de la región, esperando animar y fomentar la recuperación de otros complejos fabriles de la zona que engrosen el catálogo de este Paisaje Cultural azucarero de primer nivel tan nuestro y tan característico, a la espera como están de que les quitemos ese espeso y pesado velo que supone el olvido, el abandono y la dejadez con que la sociedad y las administraciones tratan a sus “trastos viejos” en favor de alternativas de inmediata y lustrosa repercusión-compensación económica en forma de Festivales, Sacras y Patrias Coronaciones o el tan de moda postureo gatronómico postmoderno, lo cual también está bien, no siendo (o no debería serlo) incompatibles, a nivel presupostario y de inversión, con la apuesta por otros ámbitos patrimoniales.

Un importante primer paso a tal efecto sería el de concienciar a las autoridades, especialmente locales, de que el Patrimonio no se pinta de uno u otro color político según los tiempos, sino que debería ser tomado como propio por parte de todas las fuerzas políticas, aunando esfuerzos para proponer y sacar adelante proyectos tan ambiciosos como puede ser el del Museo del Azúcar de la Fábrica del Pilar, pues trabajan (en gobierno y en oposición) por y para el Bien de la Sociedad, que es al fin y al cabo a quien pertenece el Patrimonio y a quien debe regresar para su uso y disfrute social, cultural y, por qué no, económico. Sí…… ardua tarea.

Con lo expuesto, pues, la conservación, protección y correcta gestión de nuestros paisajes culturales puede contribuir, como ya se está demostrando, a las técnicas modernas de uso sostenible del territorio, así como mantener e incrementar los valores naturales del paisaje. No en vano, la continuada existencia de formas tradicionales de uso y explotación de la tierra sostiene la diversidad biológica en muchas regiones de la tierra. Ello se antoja, por lo tanto, útil y necesario para el mantenimiento de la diversidad biológica.

En este sentido, la Estrategia Territorial Europea (ETE) considera igualmente los Paisajes Culturales como un factor económico importante para el desarrollo sostenible, siendo España uno de los países con mayor diversidad de paisajes culturales, los cuales son cada vez más objeto de estrategias de desarrollo turístico y territorial por parte de las distintas administraciones, evitando de este modo las amenazas a las que suelen están sometidos por múltiples intereses.

Se trata de planes y estrategias de desarrollo y gestión sostenible basados esencialmente en la sensibilización de la población, la participación pública (e incluso privada) en relación con los valores colectivos del territorio y en la introducción de los paisajes culturales en la educación y formación de expertos y técnicos en Gestión del Patrimonio y Paisajismo. Para ello, como instrumento fundamental previo a su especial protección se hace necesaria la catalogación de los diversos espacios y entornos, fundamentada en una serie de criterios de valoración:
  • Valores intrínsecos (representatividad, ejemplaridad, autenticidad y singularidad).
  • Valores patrimoniales (significación histórica, social, ambiental o procesual).
  • Valores potenciales y viabilidad (situación que permita su gestión, la prevención de su vulnerabilidad, rentabilidad social). 


Otros instrumentos a tener en cuenta e igualmente necesarios son:
  • Las fuentes de información existentes (inventarios o registros documentales).
  • La elaboración de estudios integrales o específicos, Planes Directores de actuación, Proyectos de intervención que marquen las pautas a seguir y, finalmente, un Plan de Gestión o conjunto de acciones que garanticen un desarrollo sostenible.



Finalmente, otro aspecto de capital importancia (y a menudo fundamental) son, evidentemente, las fuentes de financiación. Pero eso, querido Sancho, es ya otro cantar.

José María García-Consuegra Flores.
Historiador y Arqueólogo.

miércoles, 10 de agosto de 2016

¿Paleolíticos en la Costa de Granada?

Con el presente trabajo, nuestros compañeros Federico Martínez y Carlos Sarompas ponen sobre la mesa uno de los aspectos científico-arqueológicos más controvertidos del periodo prehistórico de nuestra región, la presencia/ausencia, no ya de restos fósiles de nuestros antepasados homínidos, sino de las evidencias de su cultura material. Más teniendo en cuenta que en regiones vecinas ambos aspectos han sido bien documentados, constatando la ocupación y explotación de su territorio por parte de comunidades humanas durante el Paleolítico.

Y ello lo hacen a través de este pequeño trabajo, inédito por otra parte (cosa que agradecemos), de una manera divulgativa y amena, aunque sin perder un ápice de rigurosidad. Un texto que viene acompañado de una amplia bibliografía para todos aquellos que se sientan interesados y atraídos por el tema y quieran profundizar algo más al respecto.

Sin más, de nuevo agradecer a Carlos y a Federico su compromiso con nuestro Patrimonio, el conocimiento de nuestro Pasado y su divulgación.


¡Toc, toc!: hola, ¿hay alguien ahí?... nadie responde.
Esa puerta a la que metafóricamente tocamos, está cerrada de momento para los investigadores y para los que queremos conocer la Prehistoria de la Costa granadina, en lo que a la presencia humana durante el Paleolítico y el Mesolítico (período arqueológico que se sitúa entre el final del Paleolítico Superior y el Neolítico) se refiere.
Y por si fuera poco, sobre nuestra imaginaria puerta parece estar escrito este texto de advertencia: "Está usted abandonando la zona de confort del Neolítico, se recomienda no pasar, no garantizamos su seguridad intelectual".

Entonces, vamos a ver que yo me entere: el género Homo/humano existe en la Tierra desde hace más o menos tres millones de años, ¿pero ninguno de nuestros congéneres se dignó, al parecer a darse una vueltecita por aquí hasta hace unos 7500 u 8000 años? ¡¡Toma ya!! ¡¡2.992.000 años, poco más o menos, sin darse cuenta que existía la Costa Tropical!!

Al menos de momento, no tenemos certezas (aunque sí indicios, como veremos después) de que grupos humanos vivieran en estas tierras antes que las gentes neolíticas, aunque cierto es también que buscar, lo que se dice buscar, tampoco es que se haya buscado demasiado, porque casi todo lo que conocemos del pasado prehistórico de la Costa granadina es fruto de la casualidad, del expolio o de intervenciones arqueológicas prospectivas motivadas, la mayoría de ellas, por la construcción de infraestructuras o de edificios.

Grosso modo, estas son las fuentes arqueológicas de las que bebemos en lo que al conocimiento de la  Prehistoria de nuestra Costa se refiere:
·         Los dos sondeos de la Cueva del Capitán (Pellicer, 1962 y Navarrete, 1970).
·         La excavación de urgencia en el Peñón de Salobreña (Arteaga, 1993).
·         El proyecto de prospección del sector oriental  de la costa de Granada dirigido por Antonio Malpica bajo el título "Análisis de las secuencias del poblamiento medieval de la costa granadina y el Proyecto Geoarqueológico de las costas de Andalucía”.
·         El llamado "Proyecto Costa", en el sector de la costa mediterránea andaluza, entre 1985 y 1988 (Hoffmann, 1988; Arteaga y Hoffmann, 1999).
·    Los estudios de los materiales hallados y las prospecciones superficiales realizadas en la sima de los Intentos y en la cueva  de las Campanas de Gualchos-Castell de Ferro (Mengíbar et al. 1983; Navarrete, 1986); en la de los Murciélagos de Albuñol (Carrasco y Pachón, 2009 y 2010); y en la zona de los Tajos de los Vados (Martínez Rodríguez, 2014).
·         Además de las diferentes prospecciones realizadas principalmente con motivo de la realización de infraestructuras.

Por otra parte, sabemos que hubo ocupación anterior al Neolítico en lugares que se encuentran dentro de un radio de 50 km del punto central de la Costa granadina (que viene a ser más o menos Motril), como en las malagueñas cuevas de Nerja y del Boquete de Zafarraya (Alcaucín) o en la granadina de los Ojos (Cozvíjar). La primera de ellas con secuencias estratigráficas del Paleolítico Superior que alcanzan el periodo Gravetiense (Aura et al., 2002, 206, 2010; Jordá y Aura, 2006, 2008a, 2009; Jordá et al., 2008b; Sanchidrián et. al. 2013), hace algo menos de 300.000 años.
La segunda con ocupaciones que se remontan al final del Paleolítico Medio, hace unos 50.000 años, donde está atestiguada paleontológicamente su ocupación por el hombre de Neanderthal (Homo neanderthalensis) (coord. Barroso, 2003); y la de los Ojos, que bien pudo ser un campamento temporal recurrente de cazadores solutrenses (unos 20.000 años, Paleolítico Superior) (Toro y Almohalla, 1985).

Pero, aunque la falta de investigación sea probablemente determinante a la hora de explicar la ausencia de pruebas de la presencia humana en nuestra comarca antes del Neolítico, hay sin duda otros factores que debemos tener en cuenta.
Porque no debemos perder de vista que muchas de estas pruebas seguramente están ocultas por los sedimentos que cubrieron las orillas menos escarpadas de los valles fluviales, primero inundadas por la subida del mar postglacial, que llamamos Transgresión flandriense (que tuvo su máximo aproximadamente 6.500 años) y luego colmatados, bien por las propias aguas del mar de Alborán, que en su ascenso inundaron la llanura costera que se extendía hasta el borde de la plataforma continental que dejó al descubierto la acumulación de hielo durante la última fase glacial, borrándose con ello las pruebas que tanto anhelamos, bien dejándolas solo accesibles a los submarinistas.

Sin duda, todas estas incertidumbres y vaivenes geomorfológicos y paleoceanográficos, ayudaron a proponer la hipótesis de que los restos preneolíticos de la Costa granadina habría que buscarlos seguramente en los barrancos tributarios del Guadalfeo que quedaron libres de esta dinámica postglacial, especialmente en las terrazas que se formaron por encima de las antiguas desembocaduras.

De igual manera, la escasa densidad poblacional de los cazadores-recolectores, y lo esporádico y disperso de sus ocupaciones, tampoco han ayudado demasiado, dejando escasísimos rastros materiales para que haya ciertas posibilidades de encontrarlos. Porque, esa es otra, estos y estas cazadores-recolectores-mariscadores-pescadores no solo deben haber dejado pistas de su presencia, sino que además hay que encontrarlas, y teniendo en cuenta, por si fuera poco, la tremenda transformación del territorio que se ha sufrido en estas costas (escuché a alguien decir una vez que a estas tierras el hombre le había dado la vuelta como a un calcetín) termina por convertir nuestro empeño en una "misión imposible".

Entonces, ¿no tenemos nada que nos haga sospechar que algún preneolítico nos hiciera el honor de visitar alguna vez nuestra costa? Bueno, nada nada, no, pero casi, ya que hasta ahora solo disponíamos de los comentarios que realizó Pellicer (1993) sobre la posible presencia de un nivel estratigráfico mesolítico en el ya mencionado sondeo de la cueva del Capitán, y sus conjeturas sobre "... la muy probable existencia de [...] industrias primitivas de cantos tallados en ramblas [...] como la de Escalate [...] del Guadalfeo, o la de Molvízar...". Así como las alusiones de Francisco Lombardo, antiguo párroco de Salobreña, a unas hachas paleolíticas halladas en el término salobreñero (1988), probablemente en referencia  a una de las piezas que se conservan en la Exposición Arqueológica Municipal de esta localidad, que Pellicer (1993) cita como procedente del Monte Hacho y atribuye al Calcolítico, pero que Lombardo (la persona que la donó a la Exposición) manifestó que procedía del interior de la provincia, y que nosotros consideramos que tipológicamente parece atribuible al Paleolítico Inferior.

Y decimos hasta ahora porque la recuperación en los fondos arqueológicos municipales de Salobreña de una raedera lateral apuntada de sílex, de tecnología musteriense, propia del Paleolítico Medio, procedente de uno de los barrancos cercanos a Lobres, puede erigirse en la primera pieza arqueológica paleolítica de toda la costa granadina, con las reservas propias derivadas del desconocimiento de su contexto concreto. Este hecho permitiría retrotraer la cronología de los primeros pobladores en nuestra región del Neolítico (6.000-5.000 a.C.) hasta hace unos 40.000-30.000 años, devolviéndonos una ilusión casi perdida por encontrar huellas de la presencia de los primeros humanos paleolíticos en la Costa granadina.




Carlos E. Sarompas Cazorla y Federico Martínez Rodríguez.



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